Carlos Montfort, es regiomontano y músico casi desde que nació. Cuando era chiquito, en la casa de su abuela, lo trepaban a la batería para que hiciera sus primeros pininos. Por instrucciones precisas de su mamá estudió piano. A los ocho años estudió percusión clásica y fue el rey del triángulo en la orquesta juvenil. Pero él quería hacer melodías y ser de los músicos de adelante. A los 9 años empezó a tocar el violín. A los 18 se mudó a Barcelona para terminar el grado superior en el Liceo. Trabajó por un tiempo en República Dominicana, donde tocaba música riquísima y popular con su violín. Estudió producción y composición musical en Berklee e incursionó también en el jazz. Ahora vive en Barcelona donde ha hecho los arreglos y las orquestaciones para el concierto sinfónico de la banda catalana Blaumut, a presentarse a finales de mes en el Palau de la Música Catalana.

La entrevista la empezamos por el principio…

Naciste en Monterrey, te salió el primer diente…y ¿luego?

Risas. Sí nací en Monterrey, en principio soy violinista pero desde pequeño he tocado un poco de todo, dado que en la familia casi todos son músicos. Hay bateristas, cantantes, bajistas, guitarristas…

¡¿No hay ninguno de banda?!

carlitosNo fíjate que no. Por suerte. (Risas) Pero hubiéramos hecho mucho más ruido si hubiera habido uno de banda. En casa de mi abuela siempre había guitarras y baterías. Íbamos los fines de semana y todo el mundo siempre tocaba algo. Algo tenía que tocar yo también. Entonces ya desde chiquito mi mamá me agarraba y me ponía en la batería. Tengo muchos tíos bateristas. Cuando ya tenía seis años mi mamá dijo: no, no, que estudie piano el niño. Así que me metió a clases de piano. Luego a los ocho años me metieron a estudiar percusión clásica. Estaba yo en la orquesta, tocaba ahí detrás, contaba mucho. Y luego les dije que quería tocar un instrumento de los de adelante, porque esos hacían melodías. Entonces me prestaron un violín de la escuela y empecé a tocarlo a los nueve años y medio, casi diez. Como mi papá era guitarrista, pues ya algo tocaba de guitarra. Me habían comprado una guitarra chiquita y me sabía los acordes. Así que un poquito de todo siempre he hecho.

Pero ¿sí era el violín lo que te gustaba o fue casualidad?

Sí, sí, sí. Bueno, a mí lo que me gustaba era la percusión. Era y sigue siendo para mí lo máximo, pero claro no podía hacer melodías. Además me gustaba el protagonismo de los de adelante.

Ay, sí. Perdona que te interrumpa, pero yo siempre me he preguntado por el pobre hombre del triángulo…

Jajajajajaja. ¡Ese era yo!

Pero ese pobre hombre no sólo toca el triángulo ¿no? No dedica toda su vida sólo a ese instrumento…

Foto: Merche Herrán

Foto: Merche Herrán

No, no, no, no. En las orquestas grandes, siempre hay por ejemplo el timbalista, ese sí casi siempre se dedica sólo a los timbales, porque es una técnica diferente de baqueta. Si hay timbales, será el mismo de siempre. El que toca la tarola (la caja), también casi siempre es el mismo. Hay uno que se dedica a las percusiones pequeñas, que si tamborín, pandera, que si triángulo y el de los platillos. Casi todos los percusionistas saben tocar de todo, pero algunos se especializan, por ejemplo, en timbales o en instrumentos que requieren afinación, como el xilófono. Pero el del triángulo, claro, ese siempre hace algo más (risas).

Por cierto que por ese entonces hubo un anuncio de televisión en el que salimos la orquestita juvenil tocando en el video. Yo salí ahí con mi triángulo ¡plín!, así hasta tres veces. Esa era mi labor. ¡Pero salí en la tele! Tenía como ocho o nueve años, era un enano.

¡Ándale, famoso desde chiquito!

A lo que voy es que siempre he estado rodeado de un poco de todos los instrumentos y eso me ha servido muchísimo.

En Monterrey hice la mitad de violín y a los 18 años vine a Barcelona y aquí acabé la carrera en el Liceo. Luego me casé y nos fuimos por un tiempo a Monterrey.

¡¿Te casaste a los 23 años?!

¡N’ombre con 22! Con una catalana de Tarragona que también es músico. Acabamos la carrera y dijimos: Bueno qué, nos vamos pa’otro lado ¿no? Decidimos primero irnos a Suiza a hacer un máster, yo en violín y ella en cello, pero antes me salió un viaje con un amigo guitarrista a República Dominicana. Nos llevaron a tocar música popular. Porque aquí teníamos un trabajo en un hotel y siempre tocábamos de todo, Juan Luis Guerra, por ejemplo. Era riquísimo. Yo con el violín, claro. Eso viene de los fines de semana en casa de mi abuela, todo lo tenía que tocar con el violín, porque ese ya era mi instrumento. Estando en esas decidí que no quería seguir estudiando clásico. Regresé a Barcelona y se lo dije a Alba. Y ella me dijo, no te preocupes, yo tampoco. Yo quiero estudiar medicina. Le dije:

N’ombre pérate, ¿cómo?

Bueno, si eso es lo que tú quieres…

¡Vaya! Eso sí que es cambiar de instrumento

Sí, el cello por un bisturí. (risas) Así que decidimos ir por un tiempo a México antes de decidirnos. Ahí ella se decidió por la musicoterapia, porque la carrera de medicina es larguísima. En Boston encontramos la mejor escuela de musicoterapia para ella y yo estudié en Berklee algo de violín jazz, técnicas de producción musical para películas y videojuegos. Vine a Valencia seis meses, luego volví a Berklee y después de eso ya nos regresamos los dos a Barcelona.

Ya en Barcelona, Carlos reconectó con los antiguos amigos. Así conoció al violinista búlgaro Vassil, que curiosamente había vivido de pequeño en México y con el que enseguida congenió. La banda empezaba a formarse aunque llevaba tiempo tocando. Ahora tiene ya un año -muy exitoso por cierto- y un nombre  muy poético: Blaumut, que quiere decir algo así como silencio azul o azul mudo. Blaumut son: Oriol Aymat (violoncello), Xavi de la Iglesia (guitarra y voz), Vassil Lambrinov (violín), Manel Pedrós (batería) y Manuel Krapovickas (bajo).

¿En qué punto de Blaumut entras tú?

Yo venía de estudiar composición en Berklee y había hecho antes arreglos, orquestaciones, componía. Vassil me dijo que si alguna vez hacían un concierto sinfónico, quería que los arreglos los hiciera yo. Y ya ves, llegó ese momento.

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¿Qué significa hacer los arreglos?

En este caso Vassil me había pedido hacer las orquestaciones de la música de Blaumut. Hacer las orquestaciones significa traducir lo que ellos hacen ampliado para toda la orquesta. Lo podría hacer así, tal cual como suena el disco. Lo agarro y lo voy dividiendo, pero va a ser lo mismo. En este caso hice un trabajo de arreglos y orquestaciones, que quiere decir que aparte añado algo mío, modifico, meto algunos otros acordes, hago una introducción diferente, cambio cosas, por ejemplo algunas que ellos tocaban y ahora ya no tocan, etc.

Es un trabajo de toda la orquesta con la banda. Por eso también escribí cosas para la propia banda, para que suene diferente. No es la orquesta haciendo los acordes y la banda haciendo exactamente lo mismo de siempre, es un concierto totalmente nuevo.

Es decir, que tu trabajo es de creación. ¿Cómo es ese proceso?

Escucho la canción y enseguida empiezo a imaginar cosas pensando en la orquesta y lo voy anotando todo en una libretita. Me pongo las canciones, al menos, 20 veces. Ya desde la primera vez ya se me viene algo a la cabeza: pienso en los instrumentos, en cuántos serán. Digo ¡uy! Esta melodía sonaría muy bien con un fagot, esta otra me la imagino con tal otro instrumento.  Algunas canciones las hice en un programa de partituras y la mayoría las hice grabando (con un programa) los instrumentos. Luego, ya grabados, los escucho y los voy modificando. Voy así armando todo, escuchando también el disco, poniendo, quitando. Como un puzzle, como arquitectura.

¿Cómo será esta orquesta?

Esta orquesta será una pequeña, con 5 violines primeros, 4 segundos, 4 violas, 3 cellos, 2 contrabajos. Vientos y metales uno de cada uno: flauta, oboe, clarinete, trompeta…

¿Y los ensayos?

Tenemos nuestro primer concierto el 11 de mayo en Lérida, así que una semana antes ya habremos hecho ensayos con la orquesta, al menos cinco. Y luego viene, el 27 de mayo, el concierto en el Palau de la Música, que es un sitio precioso. Me encanta tocar ahí.

Antes de despedirnos le pregunto sobre lo que más extraña de la patria y contesta, como casi todos los mexicanos, que a la familia, la comida, a los amigos. Esos buenos amigos que, aunque lejos, ahí están y estarán siempre. Y nos habla también de los de aquí, que igualmente son muy buenos amigos y ahora subirán con él a un magnífico escenario: el Palau de la Música Catalana.

Carlos Montfort lo ha conseguido. Ya es de los músicos de adelante. 

Foto: Diego Conti

En el concierto de Lérida, Foto: Diego Conti

Lola Zavala

Doctora en Arquitectura (ETSAB-UPC), Arquitecta (UNAM), con maestría en restauración de monumentos históricos y un diplomado en museografía, ambos de la ENCRyM-INAH. Es una apasionada de la cultura y el arte popular, las tradiciones y la artesanía de su país. Es cartonera (Iyari Cartonería), fotógrafa aficionada, amante de la música y, a últimas fechas, también editora e ilustradora.

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