LA COCINA, UN SER CREATIVO

Cuando salí del teatro, me vino de nuevo la pregunta. Esa que tuve al ponerme en pie para aplaudir. O cuando la bestia funcionaba a su capacidad más acelerada. ¿Cuál de las dos partes será más apasionante haber hecho, la dramaturgia o la interpretación? Por no plantearme dirección, iluminación, etc., etc., etc. El protagonista es la bestia, esa es la segunda pregunta: ¿Quién es la bestia? Tuve la suerte de estar en la grada A, aunque ingenuamente pensado, pues no es de dudar que cada espectador dirá la misma cosa de su butaca, donde sea que haya estado de los cuatro frentes que rodean el espectáculo. Se fueron presentando uno a uno los personajes, con un vestuario impecable y muy bien elegido por su toque inglés de trabajadores y su cliché, marcando tarjeta de llegada, como una pasarela, como quien llega al mundo. Van entrando al espacio de la Cocina, cada uno a llevar a cabo su tarea. Y pareciera que se cuentan dos obras al mismo tiempo y en diferentes lenguajes. El que va desarrollando el texto, y el que va construyendo la partitura de acciones físicas de cada personaje; en cada uno por separado, el ojo puede fijar su atención y encontrar un micro mundo perfectamente trazado con los movimientos propios de su oficio, donde es muy claro quién está cortando pescado, o haciendo y sirviendo sopa, preparando postres, pasando en la fiambrera la carne, cortando verdura o pasando comandas, existen todos los elementos reales que lo ejecutan, cuchillos, platos, ollas, en la grande Bestia, existe, todo, todo excepto la comida real, que no es necesaria para los espectadores, que habitan, dibujan, e incluso crean a su gusto cada uno de los ingredientes. El ojo también puede fijar su atención a un conjunto, y es igualmente armónico. Trabajar en una cocina, es sin duda un trabajo en equipo, que implica coordinación, como en el teatro. La interpretación está contenida en una concentración grupal que incluso me atrevería a decir que los lleva a una especie de trance en movimiento, generando una energía muy particular que atrapa y se multiplica de modo cuántico con la mirada curiosa de los que observamos este cosmos. Los que laboran en la Bestia, llegan poco a poco, es un lujo poder ver aparecer personajes nuevos durante toda la primera parte de la obra; tan variados y con una propuesta de desplazamiento espacial muy bien aprovechada, creando diferentes micro cosmos simultáneos que nos dan la oportunidad de jugar con la atención y decidir qué y cuándo mirar. El tiempo se cuenta desde la luz, es de mañana, de mediodía, de tarde, por un mapa de iluminación definitivamente mágico. Los seres que habitan este espacio, son parte de él, aunque de un modo ajeno y esclavizante, casi formando piezas humanas de la máquina. Creo que cuentan la historia del mundo, casi me atrevería a decir que del universo. No puedo encontrar palabras, para expresar lo inmensamente agradecido que es, ver un trabajo físico tan preciso, donde la progresividad es su componente número uno, creando a través de un efecto visual, un efecto emotivo en el público, que se mezcla con el texto en una ensalada exótica de ingredientes perfectos. Entonces aparece la catarsis, por supuesto, en los momentos de inmovilidad inesperada. Arnold Wesker es el autor, británico, de signo géminis, y que ha fallecido este año. Este texto lo escribió como uno de sus primeros, y lo hizo inspirado por un curro que tenía en el hotel Bell de Norwich. Es sorprendente la claridad con la que define las jerarquías de la sociedad moderna, mientras más altas, menos apariciones escénicas, y sin embargo, las de más fuerza e impacto en los demás personajes. Hay diálogos internos en cada uno de los personajes en su ir y venir, al tiempo que se construye una suerte de texto coral que no es sino un atisbo del Iceberg que cada personaje lleva dentro en su meditación física/activa y cotidiana, en la cocina, como escape de una realidad innombrable que no vive sino muy al fondo… Llamarle “Bestia” a esa Cocina, suena acertado, me recordaba al tren que viaja de México a Estados Unidos cargado de inmigrantes, también llamado La Bestia, o Tren de la Muerte, por su riesgo y pocos sobrevivientes al destino final, el dichoso “Sueño Americano”. Resuena que aquí pasa lo mismo y el tiempo transcurre, y así la vida y ellos. Y la cocina prevalecerá y ellos morirán, como dice uno de los personajes. La primera parte de la obra es tan potente en todos los sentidos, que difícil es sostenerla llegada la hora del descanso de los trabajadores, donde se quedan en escena unos seis personajes. Aquí se plantea “a modo de juego” por uno de ellos, el volver al inicio, y ser libre desde esa cárcel, que es su jornada laboral, confesando su gran sueño a los demás. Qué importante es serle fiel a nuestros sueños, y yo sugiero. ¿No es así? ¿Y si no? ¿Para qué vivir? ¿Para trabajar, para comer y no realizar nuestros sueños? Y en ese caso, ¿qué sentido tiene la vida, vivida así?

El autor creó este texto gracias a un trabajo de medio tiempo, cerca de una cocina, en un hotel, aunque su profesión era y fue, ser un gran escritor ¿y a nosotros, los actores, los creadores, qué nos mueve hoy en día ver una puesta en escena así? ¿No somos los actores acaso, los seres perfectos, para interpretar una obra donde hay que hacer de nuestros oficios actuales? Camareros/as, cocineros/as, y en el peor de los casos y en su sentido más burócrata ¿mendigos? Y si un autor británico como Arnold, contemporáneo, ha logrado crear esta dramaturgia  en 1957, desde ese lugar, desde ese trabajo en un hotel, (pluriempleo) ¿por qué no hacerlo nosotros, encontrando una buena razón para ir a currar sirviendo copas en un garito de Madrid o de tele operador/a? ¿Cuántas posibilidades escénicas en potencia están allí, esperando por nosotros, que nos tenemos que buscar la vida en trabajos de hostelería por ejemplo? Me quedo con esto, visto desde una España en 2016. Y agradezco que se monten obras que permitan llevarnos a reflexiones más allá del tema inicial, y sobre todo que se contraten espectáculos de más de veinte actores. Dirección impecable, movimiento escénico de lo mejor que he visto.

Acoyani Guzmán

Acoyani Guzmán (1983). Actriz y dramaturga mexicana. Estudió la carrera de Actuación en teatro en el Centro Universitario de Teatro UNAM y en la Facultad de Filosofía y Letras, la carrera de Literatura Dramática y Teatro.

Ha trabajado con directores reconocidos y ha ganado una beca del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes para realizar estudios en el extranjero. En Madrid realizó estudios de máster en Interpretación teatral en el TAI, en la escuela HDM El Submarino y en Actuación en Cine, en la Central de Cine.

Se destaca su trabajo en Nuevo Teatro Fronterizo en el grupo estable de Dramaturgia Actoral, al lado de José Sanchis Sinisterra y su creación de la compañía de teatro para bebés, Bambola Teatro. Además ha trabajado con otros directores destacados como Andrés Lima, y actualmente está en proceso de montaje con su último espectáculo, Elefantes Blancos.
Actualmente cuenta con el apoyo del Fondo del Libro CNCA, Chile, por su texto teatral Qué hacemos con Moscú, y ha sido recientemente publicado su libro Elefantes Blancos y Moscú por Amargord Ediciones. Está dentro del libro de los 100 profesionales de la creación artística mexicanos residentes en Europa.

Ha escrito más de diez obras de teatro, además de ser poeta vinculada con Tertulia Exiles, encuentro semanal de poetas actuales en Madrid. Trabaja actualmente en colaboración con la revista mexbcn.

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1 Comment

  1. Maria isabel atehortua dice:

    Ale….por casualidad me encontre con tu articulo….ud. siempre tan talentosa! Un abrazo!

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