Oh, Darling

Esta vez te toca a ti. Jaime está reacio, no los suelta, pero luego de un forcejeo un poco ridículo, los consigues. Ahora eres tú la que se encarga de los pasaportes. Y aunque te parece bastante estúpido tener que discutir por algo tan nimio, un pequeño nudo te nace en el estómago al evocar lo de las navidades pasadas, cuando olvidaste en el bar el carísimo chaquetón de plumas que Jaime te había regalado esa misma mañana. Y en la cascada de recuerdos que desearías olvidar, se te cuela a la memoria la vez que te vaciaron la cuenta común por un ligero olvido de la tarjeta en el tonto cajero automático. Al fin y al cabo estar en pareja es tomar por igual las responsabilidades, le espetas a Jaime, ¿o no?, a lo que te responde con un encogimiento feroz de hombros y una mueca socarrona, al tiempo que pronuncia las consabidas palabras: “Si les pasa algo te juro que es la última vez…”, y el silencio queda suspendido en el aire.

Precisamente por este tipo de actos es que te enfurruñas siempre con tu novio, y de ahí que te prometas que esta vez no pasará nada de lo que suele caracterizarte: esta vez no perderás nada, ni siquiera los caramelos o las monedas que guardas en el bolsillo del pantalón. Jaime te lo recalca cada tres días y tú finges no escucharlo, pero en realidad te queda muy claro por qué son importantes esas libretitas plastificadas: ustedes, extranjeros en un país que no suele dar concesiones, en calidad de estudiantes, lo cual significa que no son ni residentes ni emigrantes ni nada que esté bajo las leyes internacionales. Por eso se preocupa tanto Jaime, y  aunque crees que siempre exagera, esta vez le seguirás el juego y los cuidarás como tus hijos (que no tienes). Con esos buenos ánimos, recorres el largo camino del piso al aeropuerto, te subes al avión que te lleva a Madrid, y de vez en cuando maldices el bolso que en el último momento se te ocurrió llevarte, un bolso pequeñito, que sólo tiene la virtud de caérsete del hombro cada medio minuto. Que lleva los pasaportes pero que NO perderás.

El viaje de dos días, porque solo van a Madrid para ver la exposición de  Francis Bacon, se ve marcado inevitablemente por el mismo pensamiento: no perder los pasaportes, no perder los pasaportes, no perder… Pero el camino es intricado: dejar los enseres en el hotel, ir al restaurante a comer, dejar-y-recoger todo en el museo, y en la noche cuidar como loba en el bar ese bolsito incorregible. Porque en verdad deseas cambiar, porque ésta es la oportunidad ideal para dejar atrás todos esos deseos inconscientes de destrucción de los que hablaba Freud, y como espantando fantasmas te vuelves a prometer que no sucederá. No importa que con ello pierdas una gran parte de la diversión de la fiesta de aquella noche.

De regreso a Barcelona, mientras Jaime dormita en el avión y tú rememoras la exposición que tanto te fascinó, suspiras aliviada porque casi termina el viaje, y los pasaportes siguen contigo. Para tus adentros ensayas la suave regañina que le darás Jaime por no haber confiado en ti, y piensas en las emotivas palabras que le dirás cuando regreses al piso, sobre la confianza y ese tipo de cosas. Llegando al tren de cercanías, una chica con cara de no saber ni la hora le pregunta a Jaime cómo llegar a Barbera del Vallés. Tu novio, tan amable, le dice que ustedes también van para allá, que también son de México, que llevan cinco  meses viviendo allí, y la conversación se hace tan fluida que dejas de preocuparte por todo lo demás.

Lo cual se hace evidente cuando llegas a tu piso, después de transbordar en Sants al tren de Barbera, llegar a Barbera, terminar la plática, pasar al supermercado, comprar pan y regresar finalmente a casa. En cuanto Jaime te pide un cigarro, comienzas a temer algo. Los cigarros, metidos en el bolso, que tenía las tarjetas de crédito y el NIE, junto con el móvil y los pasaportes, ¡los pasaportes!, que estaban colocados estratégicamente en tu hombro, han desaparecido. Espera un poco, le dices a Jaime, mientras rebuscas en la maleta, en las bolsas de la compra, en la cocina, en el baño, en el cuarto, y mientras Jaime grita desesperado, entiendes que el maldito bolso no está en ningún lugar de la casa. Ni en el edificio. Ni en el mundo hasta entonces conocido. Entonces la preocupación te invade oficialmente, pero no le dices nada a Jaime.

Luego de cuatro accesos de llanto sofocados, y de algunos de los minutos de tensión más desagradables de tu relación, comienzas a desgranar con ansiedad creciente el recorrido inverso de tus pasos. Estoy segura de que está en la panadería, le aseguras a Jaime, y aunque te precipitas a la puerta del edificio, él se te adelanta y te obliga correr tras su sombra. La chica de la panadería les desea fervientemente que encuentren el bolso, porque ella no lo ha visto ni lo recuerda. Seguro que está en el súper, le manifiestas al rostro de Jaime cada vez más ceniciento. Pero cuando llegas ahí, y entre sollozos preguntas a las cajeras indiferentes, y entre dientes las culpas unos segundos de haberte robado, lo que queda es darte cuenta de que todo es mentira: no sabes ni siquiera cuándo se desprendió tu bolso del hombro que lo cuidaba. Una llovizna de imágenes de oficinas repletas y burócratas sádicos te invade, hasta el punto de no saber en dónde estará el final de ese infierno que se avecina.

El día siguiente está lleno de silencios. Aunque el bolso nunca apareció en las dos o tres estaciones de tren a las que fueron, la policía convino muy seriamente en informar en caso de que apareciera algo similar a un bolso negro o una cartera con documentos oficiales. La mirada de Jaime, recriminatoria y taciturna, sólo accede a posarse en ti cuando sugieres tímidamente ir a la embajada de México a mirar los trámites para conseguir los papeles para sacar nuevos pasaportes, y su voz rencorosa subraya con justicia los viajes que estaban en puerta (París, Viena, ¡Londres!) y que nunca llegarán a hacerse. A los dos días, cuando una chica policía llama jubilosa a tu casa para decir que han recuperado la bolsa, los pasaportes y el NIE, el daño está hecho. Es demasiado tarde.

Jaime te deja dos semanas después. Cuando llegas al piso, luego de un accidentado día en la universidad, donde los malos presagios y las regañinas del tutor te drenaron la energía, descubres los cajones vacíos, la mitad de las maletas (las tuyas), y sólo un pasaporte en la mesita de noche. Y ahora sí, en una avalancha imparable, recuerdas todas y cada una de las veces que le hiciste lo mismo a ese pobre hombre, que juraste saber dónde estaban las cosas y no supiste, que le vaciaste los bolsillos y no pudiste volvérselos a llenar, que prometiste no volver a hacerlo y recaíste, que probaste otros ojos y otros cuerpos y le dijiste no haberlo hecho, que te comprometiste y no llegaste en el momento adecuado. Cada pensamiento te atornilla más y más en el suelo, así que en vez de correr o buscarlo por los pisos de sus amigos, sólo puedes llorar y sumergirte en el suave abismo de la negrura.

Y este debería ser el final de la historia. Cuatro días más tarde, te enteras de que Jaime se halla en Sitges, con ese amigo gay que veranea allí todo el año, y vas a buscarlo con tu cara más melancólica, pero ni las disculpas ni las promesas infinitas son suficientes. Jaime te mira con lástima, y te dice con voz grave que ésta fue la última, que ya es suficiente, simplemente ya no puede más, y por eso prefiere que todo acabe aquí, cuando aún son  amigos. Para no seguir llorando, sólo asientes. En el tren de regreso, con nuevas arrugas en los ojos y una sabiduría que parece haberte llegado de repente, prometes ser distinta, convertirte en otra de la cual puedas sentirte orgullosa, recuperar a Jaime. Esta vez será diferente, piensas. Y como otras veces, rezas profundamente por un nuevo comienzo en el que Freud se equivoque. Pero al llegar a casa te espera tu viejo yo agazapado, dispuesto a atacar de nuevo. Has olvidado las llaves.

 

Paula Arizmendi

Canadiense por accidente y chilanga por decisión propia.
Ha compaginado una sólida carrera de filosofía con una firme vocación literaria.
Actualmente escribe para varias revistas digitales y redacta su primera
novela. Visítala en: http://barcelonaenclavemx.blogspot.com.es

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